viernes, 18 de mayo de 2012

Diente de león

Posiblemente el vaivén de aquella flor al atardecer era una de las cosas más bellas que había visto. Savannah quedó impresionada. Fue un momento único, cargado de magia. Quedó atrapada en un sentimiento, mezcla de asombro y emoción. Por un pequeño instante se olvidó de Michael. Olvidó el dolor para centrar sus ojos en aquella bonita planta que revoloteaba movida por los hilos del viento. 
Casi hipnotizada, la siguió. 
Sintió como daba pasos involuntariamente, como hechizada, sin saber a dónde iba, ni dónde iba a acabar. Tampoco le importaba. Sentía que algo le había llevado ahí por alguna razón. No sabía explicar esa sensación, pero habría jurado que todo estaba escrito, que su futuro no se había roto, que tan solo se habían arrancado algunas páginas. Realmente iba a encontrarse con su futuro en cuestión de segundos.

La brisa dio una tregua, se detuvo. No obstante, la flor, movida por la inercia, todavía mantenía el vuelo. Como aferrada a la libertad, como intentando mantenerse en el aire el mayor tiempo posible. Resultaba inquietante que ninguna de las hojas del diente de león se hubiesen desprendido. Para Savannah, ése era uno de los mejores ejemplos de diligencia que había observado nunca. Una planta, una simple planta luchando contra una fuerza infinitamente superior, pero constante, sin perecer ni un solo momento. Aquella simple flor demostraba mucho más de lo que ella misma tenía.
Savannah, sumida en sus pensamientos, no pudo observar cómo la flor se posaba en los zapatos de un joven. La chica no tardó mucho en darse cuenta y, cuando lo hizo, se sorprendió. No era habitual ver gente por ahí, eso solía estar desértico. Sin embargo, en esta ocasión, paseaba un joven de rizado pelo castaño, que se había detenido para ver el diente de león caer en su bota.

Ambos permanecieron en silencio unos segundos.
-Te estaba esperando- dijo el joven de pronto.
Savannah frunció el ceño.
-¿Cómo?
-He dicho que te estaba esperando- repitió.
-¿Y por qué? ¿Tú de qué me conoces?
El chico tardó unos segundos en contestar, pensando la respuesta.
-Yo te conozco mucho más de lo que te conoces tú misma.
La joven no habló, se quedó un tiempo quieta, mirando sus ojos castaños y decidió dar la vuelta y huir de aquel sitio, de aquel joven.
Caminó durante unos metros, justo antes de oír de nuevo su voz.
-¡Eh! Te olvidas esto- exclamó el joven con el diente de león en la mano.
-Quédatelo- casi susurró, con desgana, ni siquiera dándose la vuelta para hablar.
-Savannah, espera, no hullas...- dijo- puedo explicarte lo que pasa.
La joven, esta vez, se giró de golpe y volvió a clavar la mirada en sus ojos.
-¿Cómo sabes mi nombre?
-Lo sé, simplemente. Llevo años esperando este momento, eres tal como te recordaba. Tus ojos, tu pelo... Eres tan parecida a mí.
-¿Y tú, quién se supone que eres?- dijo la joven, algo asustada.
-Yo... Puedes llamarme Mike.
A Savannah le encantaba ese nombre. Influenciaba el motivo de que todas las personas que había conocido llamadas así eran especiales. Incluido Michael, que, aunque se había comportado de una forma horrible, había sido la única persona de la que había estado enamorada absolutamente.
-Aún no me conoces- continuó el joven -Pero conocerme cambiará tu vida totalmente.
-No te entiendo... ¡Habla claro! Yo no te conozco ¿Qué haces aquí?
-Necesitaba verte- dijo simplemente el chico -Me basta con eso. 
La joven no cabía del asombro. Mike, mientras tanto, se acercó poco a poco a ella. Savannah no hizo ni un solo movimiento, simplemente cerró los ojos. No tenía barreras, estaba indefensa. Dejó que ocurriera lo que estaba a punto de pasar.
El joven acercó sus labios a su oído.
-Te quiero, mamá- le susurró.
La joven abrió los ojos de pronto, perpleja, intentando buscar en la mirada de Mike una explicación, pero el joven ya no estaba ahí. No había nada a su alrededor, nada absolutamente nada. Se había esfumado. Tan solo quedaba el diente de león, allí, en el suelo. 
Sintió que las fuerzas le fallaban. 
Ahora se sentía mucho más pequeña que aquella flor, mucho más insignificante. No entendía absolutamente nada de lo que había dicho aquel misterioso joven. Su última palabra resonaba una y otra vez en su mente.
-Me ha llamado mamá- susurró para sí misma.
Estaba segura de que había sido un delirio, de que nada había ocurrido realmente, pero había sido tan real. La joven tan solo tuvo fuerzas para coger el diente de león y soplar. Pensó el deseo. No sabía si se cumpliría, pero tenía que pedirlo. Lo pidió con todas su fuerzas, con toda su alma, mientras las hojas de algodón de esfumaban, poco a poco, ante el último rayo del atardecer.


1 comentario:

  1. Ahora entiendo lo de la ida de olla... Jajaja, está guay :)!

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